A seis meses de la llegada
- Itsue Nakaya Pérez
- 9 ene 2018
- 3 Min. de lectura
Llegué a aquel lugar en uno de esos años nones. Él parecería no saber de años y eso no parecería importarle. Daba la impresión de poder haber vivido ahí por siempre o haber nacido un día antes; cualquier pregunta por el tiempo no era más que una curiosidad metafísica, parecía decir su gusto por estar en contacto con la tierra. Y parecería que aquella convicción tampoco podía importarle, pero nosotros, que tratábamos de escapar una y otra vez de las paradojas, no podíamos verla sino con admiración.
Digo nosotros aunque lo cierto es que no había nadie mas. En aquella tierra estábamos él, yo, y nuestras sombras, a veces tan terribles como bestias, a veces sólo inevitables; estábamos conscientes de ellas y las mirábamos de reojo sabiendo que eran consecuencia del sol o de la luna, y de cierta forma, causa de nosotros mismos.
Recuerdo que lo primero que me maravilló de él fue su capacidad de vivir. No parecería recordar nada del naufragio porque se concentraba en la vitalidad de ese instante. Le gustaba el sol y el día. Yo al contrario, nunca podía dejar de pensar en el muerte, en que una vez cerca nunca estaba lejos del todo. Me gustaba la noche y perderme en suposiciones y nostalgias. Probablemente eso tenga que ver con mi fascinación por los detalles y los fragmentos. Por ejemplo, a él le gustaban las vistas amplias y mirar al frente al caminar; a mí, ver las cosas lo más cerca posible y mirar la arena durante nuestras caminatas, eso hacía, claro, que viera la infinidad de animales que surgían a cada paso nuestro y que temiera de que nos hicieran daño; también hacía que, a veces, sólo pudiera ver las cosas malas y asumiera que eso era todo lo que existía. Él, en cambio, sabia que los animales huían de nuestras pisadas y que un fragmento es siempre parte de algo más grande; él era, pues, pura realidad.
Todo esto son suposiciones. A decir verdad, no hablábamos mucho. Llegamos a aquella tierra naufragando desde dos lugares distintos, cada uno con su propia lengua pero también con su propio amor al silencio. Con el tiempo desarrollamos un lenguaje nuevo y descubrimos la riqueza de eso que en mi historia se llama diálogo, pero reafirmamos, también, nuestra capacidad de comunicarnos de otras formas. La calma y el silencio no dejaron de ser cómplices, ni el sonido del mar sobre las rocas.
Ambas cosas, el silencio, y el sonido del mar sobre las rocas, me recordaban constantemente que siempre hay punto de unión entre dos cosas que parecen opuestas. El día y la noche, el mar y la tierra. Solía pensar en esto cuando, casi instintivamente, él subía a las rocas y yo me sumergía en el agua. Él observaba los cangrejos y yo, sabiendo que no lo lograría, trataba de atrapar peces. Él desde las rocas me veía a ratos. Yo me dejaba llevar por el mar cuando él desviaba la mirada. Después yo lo observaba cuando el veía no sé qué cosa más allá y, probablemente, olvidaba que yo estaba ahí hasta verme. Quién sabe. Quizá nunca desaparecí, aún cuando un paisaje indiscutiblemente más bello inundaba sus ojos y su deseo.
Lo cierto que es la mayor parte del tiempo nuestros ojos coincidían. Y teníamos confianza en que la coincidencia de nuestros cuerpos y de nuestras vidas, fuera toda prueba de habitar la misma tierra, de estar realmente ahí, con el otro.