Japón, sol extranjero
- Itsue Nakaya Pérez
- 15 feb 2019
- 18 Min. de lectura
Regresé pronto a Japón. Pronto, después de 5 años. Es decir, demasiado, considerando que es mi país. Pero demasiado pronto para alguien que se prometió no volver. No recuerdo cómo surgió la idea de ir. Pero por supuesto, muchas cosas tuvieron que cambiar para que así fuera. Supongo que las condiciones eran distintas. En primer lugar, sería la quinta vez que iba. Lo cual significa que ya sabía más o menos qué esperar. En segundo lugar, yo era otra: adulta, con más conocimiento de mí, del idioma, de mi historia. En tercer lugar, los motivos eran distintos. Ya no iba específicamente a conocer, ni en un viaje planeado por alguien más o por una decisión ajena a mí. Y por último, esta vez iría con alguien, planearía con alguien, vería mi país a través de alguien, alguien a quien yo escogí.
Como objetivo personal, creo que podría decir que era ver Japón con un poco más de atención y con menos prejuicios, pero con más crítica y consciencia y situarme en Japón como hafu, pero con una identidad más definida, es decir, con más seguridad. Por supuesto, disfrutar.
El plan era más o menos el siguiente: ir casi dos meses a Japón y repartir el tiempo entre conocer, trabajar (a través de WOOFF) y visitar. Iríamos dos semanas a una granja en Fukuchiyama, Kyoto, pasaríamos un par de días en la ciudad de Kyoto, viajaríamos a Oita para visitar a mi padre y ahorrar un poco de dinero, viajaríamos a Kushimoto, Wakayama para trabajar dos semanas en otra granja y finalmente iríamos a Tokyo para conocer una ciudad grande.
Escribo la parte de mi historia, para entenderla mejor.
Aterrizar
A veces bastan algunos segundos para entender algo fundamental. En mi, caso, bastó con aterrizar en Tokyo para entender que muchas cosas habían cambiado. Entre ellas, ya no estaba esa emoción que sentí otras veces al llegar a Japón. Ahora entendía, esa emoción era el sentimiento de estar en un lugar nuevo, la emoción de experimentar algo. Después de 5 años Japón sería inevitablemente otro, pero al mismo tiempo era el mismo. Así que ese sentimiento fue sustituido. No era algo así como el sentimiento de volver a casa, porque Japón no es mi casa, pero sí uno de familiaridad. Eso lo podía contrastar con las ansías de E. de conocer Japón, reconocí la misma impaciencia que yo había sentido otras veces. Después de llegar tuvimos que tomar el tren. Nunca había tomado el tren sola en una ciudad tan grande, pero me sorprendió la naturalidad con la que pude acercarme a un policía para pedirle instrucciones y la relativa facilidad con la que entendí sus palabras. Ya en el tren me di cuenta también de que no iba a intentar fundirme con ellos. No sé si alguna vez lo traté, pero sabía que esta vez no. Yo no soy del todo como ellos. Sin embargo, saberme japonesa me hacía sentir con el derecho de romper ciertas reglas o conductas (hablar en el transporte público, besar en público, ser un poco más expresiva de lo esperado, etc.). Después de una noche de trayecto, llegamos a Fukuchiyama.

Fukuchiyama, Kyoto (福知山)
Lo que menos esperaba al regresar a Japón después de una mala experiencia relacionada con ser hafu, era una persona que se interesara en mí debido a ello. Sin embargo, desde muy pronto me di cuenta de que Matsuo nos había aceptado debido a que nunca había tenido a un hafu entre sus wwoofers. Por lo mismo, era de esperarse una mayor atención a mí que a E. Sin embargo, a veces se hacía más evidente y se traducía en un trato diferente con cada uno. E. es mexicano, pero parece europeo (entiéndase en Japón), no por casualidad, sino porque una parte de sus genes lo son. Cuando Matsuo se quería referir a Europa, lo volteaba a ver. Cuando quería saber algo de Europa, se lo preguntaba a él. Cuando hacía una crítica, se dirigía a él. Y cada que lo hacía no escondía del todo una nota de desdén. Para Matsuo, la cultura euopea representaba la hegemonía y el olvido de otras culturas, entre ellas las prehispánicas y la japonesa. Específicamente en Japón, le parecía que ese afán por lo europeo era dañino. E. es mexicano, pero ¿hasta qué punto Europa no se había colado en él a través de su familia y su educación? y ¿hasta qué punto la sola apariencia física no es una forma de imposición o normatividad sobre un cuerpo en una sociedad que obliga a idolatrarlos? Preferí no intervenir.
Trabajo
Un día Matsuo mencionó que le interesaba el tema de la identidad y cómo las personas construían la propia. En su caso, era un tema porque fue la primera generación después de la guerra, una generación a la que les dijeron en las aulas que eran un país democrático, pero que en su casa veían otras cosas. Mi padre pertenece a esa generación. En mi caso, le interesaba ver hasta qué punto Japón influía en mí y cómo yo percibía eso. En realidad, ese tema fue el tema los 5 años que estuve lejos, por lo que ya tenía más o menos claro como me percibía a mí misma. No obstante, me dijo: 'yo te voy a ayudar a entender tu identidad y para ello te voy a contar la historia de Japón'. Me emocioné mucho porque es una parte esencial que había dejado de lado y porque su gesto en sí mismo me pareció uno de los más amables que un japonés me haya regalado. A partir de entonces el desayuno se volvió un momento importante donde esperábamos con emoción acompañar el ya familiar pan de arroz, recién hecho y delicioso, con un tema desconocido. A veces conocíamos Japón por medio de leer las noticias y dar nuestras opiniones sobre ello, a veces a través de un libro de historia. Entre sus opiniones más interesantes, encontré la forma en que miraba a EUA. Si bien tenía un rechazo explícito hacia Europa, tenía una fascinación por EUA. Para él, si Japón había avanzado, crecido y sobre todo, progresado, había sido por ellos. No los veía como una cultura dominante sino secundaria, pero progresista. 'EUA es nuestro modelo... más aun, nuestro jefe.' Otra cosa que me pareció interesante fue su afirmación de que Japón siempre había sido un país abierto a otras culturas: China, Potugal, Inglaterra, Estados Unidos. Y que sólo a partir de ello habían crecido como país. No obstante, ese intercambio fue sólo cultural o comercial, porque incluso en los momentos de mayor apertura no se permitió la combinación entre razas, hasta después de la IIGM. Por eso, aun persiste la idea de la raza pura japonesa, por más que esté demostrado que la población actual de Japón fue posible a la migración coreana. Otras veces, esa enseñanza también estaba presente en la comida, que Matsuo se esforzaba por variar para que conociéramos la mayor cantidad de platillos posibles. También, creo, Japón estuvo presente en el trabajo, siempre constante y a veces más del esperado, al cual nos debíamos de acotar.'Otsukaresama' decía al terminar, muchas veces después de la hora acordada.
Comida
Podría decir muchas cosas más de nuestra experiencia y nuestros aprendizajes en este lugar. Pero hablo de Matsuo porque especialmente en él, en cada gesto, expresión, opinión, pude encontrar la historia de Japón. Creo que E. entendió hasta después que, aun viviendo completamente aislados del resto de Japón, bastaba conocer a Matsuo para conocer una buena de parte del país.
El último día me dijo: 'listo, ahora conoces la mitad de tu identidad'. En realidad era la mitad de la mitad, de la mitad... pero era un fragmento que me dejaba con ganas de seguir explorando Japón.
Un día sustituimos la clase del desayuno, para subir al cielo. Pasamos horas viendo la neblina. Jugamos a ser Dios, y no ver nada. Sólo la calma. Los sonidos de la ciudad se funden con los del bosque. Callamos, esperamos. When you see something so beautiful, you have to be pacient, dice Matsuo.
El último día esucho gritar a Chichi muy emocionada. Me pide que salga. Salgo corriendo con los zapatos mal puestos, sin guantes ni bufanda. Por un momento pienso que estoy soñando, o estoy muerta. Guardo la respiración. Afuera está nevando, lleva nevando horas porque el suelo está blanco, los arboles, las montañas. Le Grito a E para que salga. Calla. Sonrío. Él nunca había visto la nieve. "Es su regalo de despedida", dice Chichi.
Adiós, Farm River Side
Kyoto (京都市)
Kyoto es un lugar precioso, una de mis ciudades favoritas de Japón. Es famosa por conservar un arsenal cultural, sobre todo en cuanto a templos. Siempre había recorrido Japón acompañada de alguien, que generalmente tenía un mayor conocimiento sobre Japón que yo. Esta fue la primera vez que iba a lugares que ya había ido con una persona que no lo había hecho. Por lo mismo, me entusiasmaba poco la idea de visitar Kyoto, pero pronto se convertiría en un gran tiempo y en la oportunidad de recorrerlo con otra mirada.
Quizá el lugar que mas disfrute fue Fushimi Inari, el único templo que no conocía pero que al mismo tiempo me recordó a mi infancia. Mi madre solía contar una leyenda que no pude evitar evocarla estando en ese lugar, con sus aire misterioso, solitario, frío, con sus ruidos perdidos y sus gatos vigilantes y sus cientos de estatuas de zorros.
En una pequeña aldea de Japón había una tienda muy famosa de dulces de bambú. Un día, después de que había cerrado, el señor que la atendía oyó que tocaron a la puerta. Al abrir vio a una bella mujer, muy pálida vestida con un kimono. Ella le rogó que le vendiera un dulce de bambú a lo que el contestó que ya había cerrado, no obstante, después de mucho rogar el hombre decidió vendérselo con la condición que no volviera a tocar tan tarde. Sin embargo, la situación se repitió al día siguiente y al siguiente. Al señor además de molestarle, le empezó a parecer sospechosa la situación. Dado que es común que en Japón los zorros y los mapaches se transformen en personas para hacer travesuras, el hombre supuso que se trataba de una zorra. Junto con los otros aldeanos decidió ir a perseguir a la mujer, convencido de que era una zorra. Como era de esperarse, la mujer llegó a la misma hora, pidió el mismo dulce y se fue. Todos los aldeanos la siguieron a hurtadillas hasta que se perdió en un cementerio ubicado en una colina, lo que los convenció de que era una zorra pues sólo los animales se adentran a los cerros. Sin embargo, mientras la buscaban, escucharon el llanto de un bebé. Para su sorpresa, el llanto provenía de una tumba cerrada. Extrañados, decidieron abrir la tumba. Nadie se hubiera podido imaginar que dentro de la tumba estaba tendida la mujer, tan pálida como de costumbre. Muerta, sostenía en sus brazos al bebé, que aún tenía en la mano el último dulce de bambú.
Fue interesante recorrer los templos a los que ya había ido. Si bien los templos son un elemento turístco por excelencia de Japón, no hay que olvidar que también son un elemento importante en la vida de los japoneses. Es difícil entender el concepto de religión al margen del concepto occidental. Por ejemplo, mi padre siempre me dijo que él era ateo, pero al mismo tiempo siempre íbamos a rezar a los templos, es decir, a pedir protección, agradecer, o hablarle a mis ancestros. Las religión en japón, para la gente común, poco tiene que ver con religión. Más bien, es parte de la vida cotidiana. Si alguien me lo preguntara, no dudaría en decir que soy atea, pero tampoco me imagino yendo a Japón y no parar a un templo a rezar.
Templos
También fui por primera vez a una zona de bares. Fue interesante hacerlo, pero salí con una sensación de hartazgo (y asco por los hombres japoneses). Si no tenía bien claro por qué, unas visitas a una sex shop y tiendas de manga lo aclararon bastante: una cantidad inmensa de hentai infantil (o sea pornografía infantil) e incluso muñecas sexuales hiper reales con forma de niña. Cuando estoy en ese tipo de ambientes no puedo evitar preguntarme: ¿qué dice la gente cuando dice que ama la cultura japonesa? Recuerdo las palabras de Matsuo que decían que no existe una cultura japonesa original, no hay algo así como lo japonés. En esos momentos pienso, si hay algo así como lo japonés, tendría que ser la conjunción del machismo, la pedofilia, la cultura de la violación y la sociedad jerarquizada.
Una cosa nueva fue ver a una buena cantidad de hafu o niños biraciales, lo cual me dio mucha alegría.
Comida, bebida, y el juego favorito de E.
Nara (奈良市)
Uno de los días que nos quedamos en Kyoto, decidimos tomar el tren e ir a la prefectura de Nara, famosa por sus templos, venados y museos.
Oita (大分)
Oita es el lugar en el que más tiempo he vivido fuera de México. Probablemente también la ciudad que más pesadillas me causa, y eso ya es mucho decir para alguien que vive en la CDMX. Su atrocidad recide en su falta de todo, en su nula especificidad y su neutralidad. Es como un desierto o como un fantasma. SIn embargo Oita es también el lugar donde nació mi padre y a donde el destino regresó muchos años después. En esta ocasión era también una parada técnica. Hay demasiadas cosas que podría decir respecto a los apenas 4 días que estuvimos aquí. Me los guardo para mi monólogo interior. Pero debo decir que es particularmente ilustrativo ir con una persona más extranjera que tú a uno de los lugares más conservadores de Japón y ver cómo caen los prejuicios sobre otro y cómo ese otro los procesa. Ver tus propios prejuicios representados por otros. También fue significativo ver a mí padre con E., un hombre occidental con uno oriental, un hombre joven con uno viejo, uno de aquí y otro de allá. Pensamientos demasiados personales. Bueno... los hombres son hombres, aquí y en China. Pero no aman igual.
Lo bueno de todo esto fue darme cuenta de lo mucho que había crecido y lo mucho que me he hecho fuerte. Fue interesante lo mucho que la mirada japonesa cambió hacia mí sólo por pequeñas diferencias físicas y un poco de mayor conocimiento del idioma. También debo decir que pasamos muy buenos momentos de convivencia y vistamos lugares muy bellos. Fue la primera vez que vi una celebración tradicional de año nuevo. Vimos un jabalí. Tomamos mucho sake. Comimos mucho.
Celebración de año nuevo. Templo shintoísta.
Animalitos. Descubrimos que el mar es hermoso y que los changos son terribles, nos parecemos demasiado a ellos.
Otras aventuras (y más comida)
Fue significativo también practicar aikido después de muchos años de no hacerlo y después de haber empezado a entrenar otro arte marcial. Es difícil fijarse en los detalles, pero sólo en una práctica podríamos encontrar todos los valores de la mitad de un hemisferio y el otro. Entre las dicotomías que asocio con Japón y México está el estoicismo y el epicureísmo. Si bien sé que en ambos países hay un poco de ambos, creo que Japón se inclina más a lo estoico y México más a lo epicúreo. Lo mismo el aikido y el MMA. Las exigencias de un deporte y del otro son muy distintas, los principios que presupone, las personas para las que van dirigidos, las emociones que levantan. Es díficil ser un cuerpo oriental tratando de meterse en una practica occidental. Pero practicar aikido me hace dar cuenta de lo mucho que quiero intentar esa otra parte.
Fukuoka (福岡市)
Una llamada inesperada hace cambiar los planes. Mi tío nos recoge y nos lleva a Fukuoka, la ciudad donde vive mi familia, a unas cuantas horas de Oita. No he visto a nadie ni sabido de nadie en 5 años y tampoco me emociona mucho la idea. Es particularmente extraña la idea de ir con E. La familia en Japón tiene significados distintos que en México. Y mi familia es simplemente distinta a las personas con las crecí en México. Hace cinco años me sorprendió que después de haber pasado cinco años sin verlos, sólo recibiera un hola con la mano como saludo. Esta vez no me sorprende. Después de pasear por un bello pueblo con mis tíos y dejar las cosas en un hotel (un alivio de noticia), vamos a cenar. Toda mi familia se reunió para vernos y debo decir que es probablemente el gesto más amable que hayan hecho. En realidad, me da bastante gusto verlos y ambas partes nos sorprendemos de nuestros cambios. Al día siguiente mi otro tío nos lleva conocer un lugar famoso por sus paseos en bote y el famoso platillo de unagi y finalmente regresamos a la ciudad a cenar en casa de mi tía. Al despedirme de mi tía, le doy por primera vez un abrazo.
En realidad esta vez todo me pareció mucho más ameno y agradable. Todos hemos cambiado de una forma que facilita la convivencia. Y ahora entiendo mejor cuál es su origen y cuál es el mío, cuál es nuestra historia y de dónde vienen nuestras diferencias. Como sea, lo que me pareció más relevante fue su percepción de E. Fuera de que parecieran mucho más entusiasmados de conocerlo que de verme a mí, es notable su interés por él. A pesar de vivir en una de las ciudades más grandes de Japón, su sorpresa por los cuerpos europeos sigue estando presente. Ese fanatismo del que tanto hablaba Matsuo, sobresalió en nuestra breve visita. Los comentarios iban desde la apreciación por su cabello rubio hasta la descabellada afirmación de su similitud con Jesucristo (sí, Jesucristo). En algún momento su fascinación llegó al extremo de tocar su barba (cosa sorprendente considerando que el contacto físico en Japón es inexistente). Estoy segura de que no hubieran tenido tan buena impresión de mí, si no hubiera sido por él. Su aprobación, como familia conservadora japonesa, sigue siendo por medio de un hombre, blanco, occidental.

Kushimoto, Wakayama (串本町)
Mientras pasaban las horas en el tren nos íbamos metiendo cada vez más en las montañas, de un verde sorprendente considerando la temporada. Las capas de ropa empezaron a sobrar al tiempo que el mar se asomaba por las ventanas. Finalmente llegamos a una estación donde no había nada, más que la entrada. Estabamos en el extremo más extremo del sureste de Japón.
Kushimoto es un lugar precioso. Desde la casa podíamos ver el pequeño pueblo, la montaña y el mar. La mayoría de los habitantes del lugar eran ancianos, sin embargo, la mayoría de las casas estaban deshabitadas. El bosque era un lugar mágico, lleno de sonidos y vida, en donde incluso llegamos a ver pequeños venados. El mar regalaba hermosos amaneceres y atardeceres y sus piedras contaban historias que aun no descubro. El pueblo era pequeño y bello, tranquilo y lleno de sembradíos. Sin embargo, lo más sorprendente lo encontramos adentro de la casa a la que llegamos. Habíamos llegado a ese lugar por recomendación de alguien que ya había estado ahí, una de las personas en cuyo juicio confío más. Pero no supuse cuanta razón tenía en este caso.
Nos recibieron Taicho y Ayan, una pareja de ancianos que más que recibir trabajadores, buscaban ayudantes que se convirtieran en parte de la familia. Eso sentí que fuimos desde el primer momento. La casa tenía un aire rústico muy bonito, con chimeneas, cuartos y ofuro (bañera) tradicionales (donde nos metiamos a bañar por turnos, pero compartiendo la misma agua). Estaba llena de cuadros, libros, telas; un piano y muchos alimentos hechos en casa. El patio estaba cubierto por plantas y sembradíos de vegetales, instrumentos de trabajo, un gallinero y en una esquinita, Roku. En la casa no se desperdiciaba nada, cualquier deshecho era un elemento de un ciclo: el agua de la bañera, los residuos de comida, eran alimentos para otros miembros de la casa, el excremento y los animales muertos eran abono, las ramas secas se convertían en fuego.
Ayan es una persona culta, un tanto solitaria y silenciosa, pero también bastante cariñosa y con la risa más bella que he escuchado. Taicho es la japonesa más extrovertida que he conocido y una de las mujeres más enérgicas: se levantaba a las 4 de la mañana a hacer yoga, lavar cosas, acomodar, cantar, y cualquier trabajo que nos asignaba ella lo hacía en la mitad de tiempo (incluso cargar objetos pesados). Los dos son muy amables, pacientes y abiertos. Su objetivo era ser autosuficientes y su estilo de vida era acorde a ello.
El mar
El bosque
...sin embargo, aún no sé qué pensar de este lugar. A pesar de ser en su mayoría habitado por ancianos que nacieron ahí y crecieron ahí, en los últimos años ha llegado una ola de inmigración. Todos son personas culturas, progresistas, liberales; todos vienen de grandes ciudades; todos han viajado; todos son jóvenes o relativamente jóvenes; y todos comparten una ideología similar. Están en contra del dinero, de cómo se maneja el gobierno, de cómo funcionan las cosas en general; buscan ser autosuficientes, usar el menor dinero posible, el menor gas y electricidad posible, o simplemente hacer las cosas de forma distinta (como no ponerle azúcar a los postres o llevar una guesthouse por ti sola). Es la ideología del cambio está en uno mismo.
Una de las últimas noches Ayan dice que está en contra del dinero pero no del capitalismo. Sabe que Japón no podría funcionar como funciona esa pequeña aldea, pero también cree que su vida sucede al margen del sistema. Hablamos de la situación en México. La respuesta le parece muy obvia: apostar por la educación, no esperar que el gobierno haga nada, empezar a hacer tu propio huerto para no entrar en el sistema, ser autosuficiente, enseñarle a las nuevas generaciones a ser así, etc., etc. Como a Matsuo, la situación le parece muy transparente, cualquier objeción es falta de ganas de empezar el cambio. Como sea, abro la boca para intentar formular alguna. Pienso en el poco alcance de los proyectos educativos en los que he estado, pienso en el miedo al salir a la escuela, pienso en mi escuela llena de drogas, secuestros, y casi vacía de educación de calidad, pienso en las millones de niñas violadas por sus maestros, pienso en la hija de mi alumno violada, pienso en mi amiga violada, pienso en mi compañero que mató el narco, pienso en mis amigos metiéndose coca, pienso en la corrupción sistemática, en cientos de imágenes de descuartizados que no busqué pero que terminé viendo, en la pobreza extrema, en el salario mínimo, en la falta de instituciones de salud, en los niños con cáncer tratados con agua, en las veces que me han puesto una pistola en la cabeza... y termino por no hablar porque no sé qué decir. No dudo que las intenciones detrás de esto sean las correctas, pero vivir en México me hace saber que las intenciones no son sino estados mentales.
Hay dos formas de interpretar esto. Como japonesa, me parece que los intentos que se están haciendo en Kushimoto son grandiosos. Como mexicana... me quedo con la maravillosa experiencia que tuve ahí, al margen de reflexiones políticas.
Nuestros días libres
En este lugar cada día fue una aventura, pero esas las guardo en mi interior. La rutina, no obstante, puede escribirse en una hoja.
Un día con Taicho y Ayan:
Hasta pronto
Osaka (大阪市)
Creo que esta parte de la historia no me corresponde a mí, sino a E. Porque esta historia tiene que ver con la suya propia. No obstante, para mí Osaka significó el valor de tomar decisiones compartidas y hacer significativo algo que es del otro. También la sorpresa con encontrarme un lugar más grato de lo que esperaba y pasar un gran tiempo allí. Y también y, fundamentalmente, quizá el mejor tour gastronómico que hicimos por Japón.
Por algún motivo, en Japón se puede beber en las calles
Tokyo (東京)
Tokyo, lugar de llegada y de salida. Nuestra primera parada y nuestro último destino. También, mi primer destino cuando conocí Japón, el primer lugar fuera de México donde viví y del que apenas tengo recuerdos borrosos. Tokyo es el lugar de las dicotomías y para mí, de los sentimientos encontrados. Quizá la ciudad que escogería si viviera en Japón, pero también una de las que más me paralizan, por asombro, por asco, por miedo, por ser un monstruo gigante y maravilloso, temible, incomprensible. A veces la pienso también como un laberinto en donde se esconde algo, que nunca logro descifrar, quizá un tesoro, o quizá un secreto, quizá simplemente una puerta de salida, quizá un pasado o un futuro.
Es ya un lugar común decir que Tokyo es tradición e innovación, pero es cierto. Lleno de innovaciones tecnológicas, en medio de sus calles bulliciosas, también resguarda viejos templos. Con todas sus ideas nuevas, su naturaleza cosmopolita, sigue siendo un lugar conservador. La ropa extravagante se mezcla con los antiguos kimonos. La gente es otra y es la misma.
Otra dicotomía, ligada a la anterior y un poco banal, a simple vista, es su contraste arquitectónico. A veces Tokyo parece una utopía futurista y a veces los edificios parecen (y son) de varias décadas atrás, otras son francamente distópicos. Hay lugares muy brillantes, muy blancos, casi transparentes, y otros llenos de óxido y polvo. Pero lo más interesante, es que esos lugares suelen estar juntos.
Noche y día. Tradición e innovación.
Hay otro contraste que me parece más interesante y que podría identificar con el mundo y el inframundo, las superficie y las cloacas. Tokyo es la capital y el lugar más visible de Japón, pero también esconde en él muchas cosas, algunas de ellas están tan escondidas que ni si quiera sé donde se encuentran, pero sé que existen, como la venta de drogas; otras, en realidad no se esconden, pero tampoco se ven.
Hay lugares en donde esto se funde de forma incomprensible para mí. Shinjuku, por ejemplo, es la zona más progresista de Japón, encierra una "zona rosa" donde los establecimientos LGBT son la constante e incluso encontramos un café revolucionario. Unos pasos después, no obstante, los prostíbulos masculinos empiezan a inundar la zona. O bien Shibuya, el lugar más popular entre los jóvenes; sus cientos de tiendas, luces neones, restaurantes de moda, pasarelas callejeras, edificios de juegos, bares son famosas en todo el mundo y muy popular entre los japoneses. Es el destino por excelencia de las y los adolescentes. Sin embargo, es también la zona roja de Japón, la zona inundada por sex shops, prostíbulos y edificios de VR dedicados a la pornografía. Así que, mientras en una esquina ves a las niñas comiendo un helado, en la contra esquina ves un catálogo de mujeres expuesto a plena luz. Nadie parece notar el contraste. Nadie parece notar, tampoco, lo siniestro que pueden parecer los maidcafe a luz de dicha dicotomía: hay algo brutal en que una japonesa con un vestido corto y kawaii, te atienda como si fuese una sirvienta en un edificio rodeado por prostíbulos, café, no obstante, al que entras con toda tu familia. No creo que esto sea una paranoia mía ni un mero simbolismo un tanto siniestro, a veces eso que sólo se intuye, es también algo que resulta ser real. La fachada kawaii y misteriosamente inocente le ha suscitado dudas a otras personas, por lo que se han hecho algunas investigaciones al respecto. Una de las más interesantes: https://www.youtube.com/watch?v=0NcIGBKXMOE&t=164s
La noche, más obscura.
Las primeras fotos corresponden al barrio rojo durante el periodo Edo, actualmente sigue siendo un lugar de prostitución, aunque la parte central del antiguo barrio ya no lo es. Visitamos algunos templos que cuentan esta historia de explotación y muerte femenina y de placer masculino. Aquí un poco de información https://japonismo.com/blog/yoshiwara-barrio-placer-edo-tokio. Las últimos fotos son el actual Shinjuku y Shibuya.
Naturaleza y cultura. Inteligencia natural y artificial.
Zoologico de Ueno y Museo Miraikan. En este museo pudimos ver a varios robots que nos enamoraron, entre ellos un espectáculo de ASIMO, una pequeña foca utilizada en terapias y una robot de aspecto humanoide que pudimos manipular (manejando su voz y sus movimientos)
Tokyo, lugar de extravagancias, curiosidades, novedad.
Además de comer muy rico, disfrutamos jugando y experimentamos VR por primera vez, en uno de los parques dedicados a eso, en Shibuya.
Ninja de los yakitori.

Una de mis mejores compras, sin duda.

Obviamente mi juego favorito.

Tokyo, lugar de llegada y de salida. Bienvenida y exilio. Espero poder volver y entrar.
Este fue, sin duda, el mejor viaje que he hecho. Quizá, porque la vida es mejor en conjunto. Gracias, E.